“Creían que 132 contra 1 era pan comido… hasta que el ‘Uno’ dejó de huir”
La primera vez que lo vieron, no parecía “el Uno”.
No llevaba una capa. No tenía una frase memorable lista para la cámara. Ni siquiera caminaba como alguien que quisiera ser recordado.
Era solo un soldado aislado, cubierto de barro, con la mirada cansada y esa forma de respirar que delata a quien ha corrido demasiado tiempo sin poder detenerse. Y aun así, cuando los 132 se repartieron el terreno y empezaron a cerrarle el paso como si fuera un ejercicio, a él no se le rompió la cara de miedo.
Se le endureció.
Como si, por fin, el mundo le hubiera dejado una sola opción.
Y esa opción no era rendirse.

1
La colina tenía un nombre en los mapas, pero nadie lo usaba. Para la compañía, era “esa maldita loma” donde el aire siempre olía a humedad vieja y metal. Un lugar donde la niebla se pegaba a la piel y el sonido viajaba raro: a veces gritabas y el eco no te devolvía nada; a veces una rama se rompía lejos y sonaba como si lo hiciera a tu lado.
Al amanecer, el capitán Laredo observó el valle con prismáticos y una seguridad que parecía prestada.
—Lo tenemos —dijo, como si estuviera hablando de un animal herido—. Está solo.
A su alrededor, hombres armados asentían. Había bromas bajas. Ciertos sonrisas, rápidas, nerviosas, esas sonrisas que aparecen cuando el peligro parece controlable.
132 contra 1.
La cifra daba calor en el pecho, como si la matemática pudiera sustituir a la prudencia.
El teniente Vázquez, más joven y con los ojos de alguien que aún no había aprendido a desconfiar de la ventaja, preguntó:
—¿Seguro que es uno?
El capitán no apartó los prismáticos.
—Lo vimos cruzar el arroyo. No tiene apoyo. No tiene radio. No tiene nada. Es cuestión de tiempo.
“Cuestión de tiempo.” Era lo que decían los que no habían sido “el Uno” nunca.
2
El soldado se llamaba Gabriel Rojas. Nadie allí lo sabía. Para los 132, era un punto en el mapa, un problema que resolver antes del mediodía, una nota que se archivaría por la tarde.
Gabriel llevaba horas moviéndose en silencio. Tenía la boca seca, el estómago vacío y una herida menor en el antebrazo que ya no dolía: doler era un lujo cuando la mente solo contaba distancias.
No pensaba en heroísmo.
Pensaba en ritmo.
En el ritmo de quienes lo perseguían, en sus pausas, en sus cambios de dirección, en la forma en que el valle obligaba a cualquiera a pasar por los mismos sitios. La colina, el arroyo, la cerca rota, el granero quemado.
Los 132 creían que el valle era una trampa para él.
Gabriel empezaba a sospechar que también podía serlo para ellos.
Y la diferencia la marcaría una sola cosa:
quién se atrevía a dejar de actuar como “lo lógico”.
3
A media mañana, la primera patrulla se acercó demasiado confiada.
No por estupidez. Por costumbre.
Los números enseñan arrogancia. Cuando tienes demasiada gente, crees que el peligro se reparte. Que la mala suerte se diluye. Que si algo sale mal, le pasará a otro.
Los pasos llegaron antes que las voces. Un crujido leve en hojas húmedas. Un chasquido de equipo golpeando un cinturón.
Gabriel, oculto tras una pared de piedra semiderruida, escuchó y cerró los ojos un segundo.
No rezó.
Solo decidió.
Cuando los hombres estuvieron al alcance de su vista —sombras entre árboles, cascos, armas, gestos—, él no se movió.
Los dejó avanzar.
Y cuando el primero señaló con la mano, convencido de que habían encontrado el rastro, Gabriel actuó con una precisión corta, contenida, brutal en su eficacia.
Un estallido seco.
Un cuerpo al suelo.
Gritos.
Un segundo estallido.
Desorden.
No fue una “escena”. No hubo glamour. Solo la realidad instantánea de que algo había cambiado.
Los perseguidores retrocedieron y buscaron cobertura como si acabaran de recordar que la muerte no entiende de matemáticas.
Desde lejos, el capitán Laredo escuchó el eco y apretó la mandíbula.
—No estaba huyendo —murmuró—. Nos estaba midiendo.
4
La noticia se propagó por la línea como un virus.
“Disparó.”
“Derribó a dos.”
“Se movió.”
“No lo vimos.”
Las versiones crecieron con cada boca. Así funciona el miedo: toma un hecho pequeño y lo infla hasta volverlo una sombra enorme.
El teniente Vázquez intentó mantener orden.
—¡Formación cerrada! ¡No se separen! ¡No corran hacia donde creen que está!
Algunos lo miraron con molestia. Con esa incomodidad que aparece cuando alguien te pide disciplina justo cuando querías una solución rápida.
Porque 132 contra 1 no era solo una cifra.
Era una promesa de comodidad.
Y Gabriel acababa de romper esa promesa.
5
Para el mediodía, el valle ya no parecía un lugar fácil.
Las ramas no eran ramas: podían ser una distracción.
Las rocas no eran rocas: podían esconder un movimiento.
Los silencios no eran descansos: podían ser cálculo.
El capitán Laredo reunió a sus suboficiales detrás de una línea de árboles.
—No lo persigan como si fuera una liebre —dijo, con una calma que se notaba trabajada—. Él quiere que corramos. Quiere que nos dividamos. Quiere que confiemos en el número.
Un sargento escupió al suelo.
—¿Y qué quiere usted, mi capitán?
Laredo levantó la mano y señaló el valle.
—Quiero que se canse.
Vázquez se mordió el labio.
—¿Y si no se cansa?
Laredo lo miró como se mira a alguien que acaba de hacer la única pregunta importante.
—Entonces no era “uno”.
Y ahí apareció la primera grieta.
Porque el orgullo también tiene miedo: miedo a admitir que quizá subestimaste a la persona equivocada.
6
Gabriel se movía como una sombra cansada, sí, pero una sombra con intención. No intentaba “ganar” un enfrentamiento imposible. Intentaba comprar tiempo, crear dudas, fabricar errores.
Y funcionaba.
Cada vez que un grupo avanzaba, dudaba del suelo.
Cada vez que se detenía, imaginaba movimiento.
Cada vez que escuchaba un ruido, pensaba que era él.
El valle se llenó de paranoia.
Uno de los 132 —un muchacho con la cara aún demasiado limpia— levantó su arma hacia un arbusto que se movió con el viento. Disparó. Otro lo imitó. Después otro. En segundos, habían gastado munición contra nada.
El capitán Laredo gritó furioso.
—¡Alto! ¡ALTO! ¡No disparen a fantasmas!
Pero los fantasmas, cuando la tensión te rompe los nervios, pesan como cuerpos.
Gabriel escuchó esa ráfaga lejana y supo que el cansancio ya no era solo suyo.
7
La controversia empezó dentro de los propios 132.
—Esto es una pérdida de tiempo —dijo un cabo—. Rodeémoslo y ya.
—¿Y quién queda de “cebo”? —respondió otro.
—No me llames cobarde.
—No te llamé nada. Pregunté quién.
Las palabras se volvieron cuchillos. Nadie quería ser el primero en admitirlo, pero la idea de “fácil” se les estaba muriendo en las manos.
Y en guerra, cuando “fácil” muere, el odio suele ocupar su lugar.
Al caer la tarde, un grupo sugirió prender fuego a una franja de maleza para obligarlo a salir.
Vázquez se opuso.
—¡No sabemos quién más está ahí! ¡No sabemos qué estamos incendiando!
Un sargento viejo lo miró con desprecio cansado.
—Muchacho, en este valle ya no sabemos nada. Y eso es precisamente el problema.
El capitán Laredo escuchó la discusión y tomó una decisión: prohibió esa idea. No por nobleza. Por control. Porque el caos era el mejor aliado de Gabriel.
Pero la semilla quedó plantada: la unidad empezaba a fracturarse.
Y Gabriel, sin saberlo, estaba ganando una batalla sin conquistar un metro de terreno.
8
Cerca del anochecer, el valle se quedó quieto.
Demasiado quieto.
Laredo sintió esa alarma en la nuca que solo aparece cuando lo peor está por ocurrir. Ordenó que nadie avanzara sin señal.
Fue entonces cuando el “Uno” golpeó de nuevo.
No con una masacre. No con teatro.
Con algo peor para la moral: precisión.
Un disparo aislado desde una posición que nadie había considerado. El sonido rebotó en la colina y engañó a los oídos. El objetivo cayó, y antes de que el resto comprendiera desde dónde, otro disparo cortó la indecisión.
Gritos. Confusión. Órdenes cruzadas.
La gente corrió hacia donde no debía correr.
Y en esa carrera, dos grupos se cruzaron y apuntaron sin reconocerse al instante. Por un segundo, el desastre estuvo a un parpadeo de ocurrir.
Vázquez se lanzó al medio, extendiendo los brazos.
—¡ALTO! ¡Somos nosotros!
Le temblaba la voz. No de cobardía. De rabia. De terror. De la certeza de que el enemigo más peligroso ahora era su propia desorganización.
El capitán Laredo lo vio y entendió algo que le dolió:
132 contra 1 era una cifra bonita… hasta que empezaban a dispararse por accidente.
9
Más tarde, bajo un cielo que parecía una tapa de hierro, Laredo ordenó un repliegue controlado a una línea más segura.
La palabra “repliegue” fue recibida como una blasfemia.
—¿Retirada? —escupió alguien.
—Repliegue —repitió Laredo, con dientes apretados—. No voy a perder hombres para alimentar el ego de nadie.
El teniente Vázquez lo miró, sorprendido. El capitán no era conocido por ser blando.
—¿Y el “Uno”? —preguntó Vázquez.
Laredo guardó silencio un instante.
—El “Uno” —dijo al fin— ya nos costó demasiado. Y si seguimos jugando a ser cazadores, vamos a terminar siendo lo que él quiere: presa impaciente.
Vázquez tragó saliva.
—Entonces… ¿ganó?
Laredo lo miró con ojos fríos.
—En la guerra no siempre gana el que mata más. A veces gana el que logra que el otro se destruya solo.
10
Esa noche, Gabriel se desplomó en una zanja seca, temblando de frío y agotamiento.
No sonrió.
No celebró.
Solo escuchó el viento y el valle, que ahora parecía respirar más lento. Los 132 se habían movido. Se habían reagrupado. Habían aprendido.
Eso significaba que su ventana se cerraba.
Tenía que salir.
No podía “ganar”. Solo podía sobrevivir lo suficiente como para volver a ser un soldado entre otros, en vez de un punto solitario con 132 sombras encima.
Mientras apretaba los ojos, recordó una frase vieja de un instructor: “Si te conviertes en una historia, ya estás medio muerto.”
Gabriel no quería ser una historia.
Quería volver.
Quería seguir vivo.
Y aun así, sabía que mañana el valle volvería a llenarse de pasos.
Y que la cifra seguiría persiguiéndolo como un fantasma: 132 contra 1.
11
Al amanecer, el capitán Laredo cambió la estrategia.
Dividió a los 132 en anillos. No para cazar rápido, sino para cerrar sin prisa. Para obligar al “Uno” a elegir entre quedarse inmóvil o moverse hacia una salida que ya estaban anticipando.
El teniente Vázquez observó el plan y sintió un nudo en el estómago.
—Esto es… más inteligente —admitió.
Laredo no sonrió.
—Es más lento. Y por eso duele al orgullo.
—¿Y si intenta romper por el lado norte?
Laredo señaló con la mano.
—Que lo intente. Allí no hay terreno limpio. Allí hay barro. Allí hay dudas. Y si algo aprendimos ayer, es que las dudas son su arma.
Vázquez respiró hondo.
—Entonces, ¿cómo le ganamos a alguien que usa las dudas?
Laredo lo miró fijo.
—No dándole ninguna.
12
Gabriel sintió el cambio antes de verlo.
El valle ya no “sonaba” igual. No había patrullas impulsivas. No había voces sueltas. No había esa arrogancia de pasos seguros.
Había paciencia.
Y la paciencia, en un grupo grande, era peligrosa.
Se movió al norte como había pensado, pero descubrió que el barro le robaba el silencio. Cada paso húmedo parecía un grito. Cada apoyo lento era un riesgo.
En un momento, se quedó inmóvil detrás de un tronco caído y escuchó respiraciones cerca.
Demasiado cerca.
Por primera vez, la piel se le erizó no por miedo a morir, sino por miedo a que su mente se quedara sin opciones.
Entonces tomó la decisión más impopular.
La decisión que nadie esperaría del “Uno”.
En lugar de huir más, avanzó hacia donde estaban ellos.
Hacia la línea.
No para atacarlos de frente como un loco. No para “ganar” un duelo imposible.
Sino para pasarles por debajo de la nariz.
Porque en una búsqueda, a veces lo único que nadie mira… es el lugar donde creen que no cabes.
13
Lo que siguió no fue una escena gloriosa.
Fue tensión.
Fue respiración contenida.
Fue un minuto eterno donde Gabriel, pegado al suelo, sintió botas pasar a un metro. Sintió voces encima. Sintió el latido en su garganta como si quisiera delatarlo.
Y sin embargo, no se movió.
No por valentía.
Por necesidad.
Los 132 seguían buscando “al soldado”.
No estaban buscando “al barro”.
No estaban buscando “al silencio”.
Y Gabriel, por un instante, fue exactamente eso: barro y silencio.
Cuando el anillo se desplazó, él se deslizó hacia una abertura mínima. Un hueco que existió solo porque nadie creía que él pudiera usarlo.
Y así, el “Uno” se convirtió en dos cosas a la vez:
una amenaza en la mente del capitán Laredo…
y un hombre que escapaba con la garganta ardiendo, sin mirar atrás.
14
Horas después, el capitán Laredo recibió un informe: habían perdido el rastro.
Hubo gritos. Maldiciones. Golpes en mesas.
Alguien acusó a alguien.
El teniente Vázquez se quedó callado.
Laredo cerró los ojos un instante, como si estuviera agotado de luchar no contra el enemigo, sino contra las expectativas.
—Creímos que era fácil —dijo al fin—. Y lo fácil nos volvió estúpidos.
Un sargento murmuró:
—¿Y ahora qué, mi capitán?
Laredo abrió los ojos.
—Ahora aprendemos —respondió—. Y rezamos para no volver a encontrarnos con un “Uno” que piense como él.
15
Gabriel, lejos del valle, se detuvo al caer la noche.
Se apoyó contra una pared en ruinas, respiró hondo, y por primera vez en dos días dejó que su cuerpo temblara sin luchar contra ello.
No era un héroe.
No era un monstruo.
Era un hombre que había sobrevivido a una cifra que otros usaban como broma.
Y mientras el viento soplaba, pensó en algo amargo:
mañana, alguien contaría lo ocurrido como una historia increíble.
Dirían que 132 contra 1 era imposible.
Dirían que él fue invencible.
Dirían que “empezó a disparar” y todos cayeron.
Mentiras cómodas.
La verdad era más incómoda:
lo que hizo no fue “ganar”.
Fue obligar a 132 hombres a recordar, por un rato, que la seguridad no existe… y que el orgullo mata más rápido que el enemigo.















